En estas últimas semanas, desde Brasil llegaban noticias de grandes daños personales y materiales a causa de lluvias abundantes y desbordes de ríos. Además de sentir pena por la pérdida de vidas, mucha gente de Argentina se ha preocupado por que la catástrofe afectaba al estado de Santa Catarina, objetivo turístico de verano. Luego vino el alivio al saber que las lluvias habían disminuido y que los balnearios estaban intactos.
Poco se ha comentado en nuestro país de las inundaciones, también trágicas, de Belo Horizonte, estado de Minas Gerais. En el período colonial, Minas Gerais (Minas Generales) era el principal proveedor de oro, diamantes, hierro, esmeraldas y otros metales y minerales para Portugal.
Los “mineiros” tuvieron que adoptar la producción lechera luego de que la miseria que rodea a las minas los volteara. Aún hoy, trenes de más de cien vagones cruzan las verdes serranías llevando minerales hacia los puertos, desde donde partirán hacia los lejanos dueños del subsuelo.
En Bolivia, el cerro de Potosí fue un importantísimo punto de extracción y partida de metales hacia España. Cuando se agotaron las minas, quedaron los agujeros y la pobreza extrema.
En Catamarca está el enorme socavón de Bajo de la Alumbrera, cuyos desechos llegan hasta la cuenca del Río Dulce, mientras largos trenes pasan por territorio santiagueño cargados de material hacia el puerto de donde las riquezas minerales de nuestro subsuelo salen hacia el hemisferio norte.
Largos tentáculos succionadores de recursos parecen estar firmemente colocados en nuestros pagos sudamericanos. Pero así como se van cargamentos valiosos, también recibimos elementos materiales y culturales. Compramos la tecnología necesaria para poder desplazarnos más rápido, para comunicarnos más, para entretenernos con juegos varios…
También recibimos alegremente costumbres ajenas a nuestro modo de ser. Es importante conocer, aprender, y hasta utilizar elementos culturales de otros pueblos, como un modo de enriquecer lo propio. Pero habría que estar atentos para evitar la información distorsionada, que puede llevarnos a creer que lo ajeno es propio. Esos elementos que creemos recibir gratuitamente, luego nos son cobrados con creces.
Estamos en un período del año en que hay fiestas por todas partes. Si uno no estuviese mal acostumbrado a que le prometan una cosa y le entreguen otra, por el nombre de los festivales podría llegar a creer que va a asistir a una fiesta criolla. Pero uno ya conoce el paño y sabe que detrás del nombre tradicionalista, junto a los cada vez más escasos criollos auténticos, hay personeros de la enajenación cultural, instrumentos importados extraños a nosotros, música que exalta valores ajenos, sombreros yanquis, artistas que muestran a lo nuestro como algo triste y aburrido…
Son mezcolanzas extrañas y desproporcionadas, como comida de esclavos. Dos versos de Mi Última Voluntad (Julio Secundino Cabezas) son muy claros: “… queda muy fea mi nación/ con paisanos disfrazaos…”
Es lindo asistir a las fiestas, pero cuidando de no dar vacaciones al raciocinio. No olvidemos a Martín Fierro: “… ansí como tal les digo/ que vivan con precaución…”
20 de Enero de 2009.