Por Crístian Ramón Verduc
17/05/2022
A veces, los caminos en la vida de diferentes personas se cruzan de un modo inexplicable.

Era una tarde tranquila, con viento suave y una capa de nubes alta, bien lejos del suelo. El empresario, dueño de un avión para seis ocupantes, necesitaba ir de Santiago del Estero a Córdoba y volver en pocas horas. Avisado del servicio que debía hacer, el piloto revisó el avión que debía pilotear después de unos meses, pues él ya trabajaba en otra empresa, volando con otros aviones, pero hoy sustituiría al piloto habitual, que tenía otro compromiso. 

Despegaron bien, pasando casi por sobre el barrio Autonomía para tomar luego el rumbo directo hacia Córdoba. 
A medida que volaban hacia el Sur, iban ascendiendo sin esfuerzo. Ya con buena altura, el piloto hizo una maniobra habitual con el paso de combustible pero, por algo que él desconocía, el motor se detuvo y el avión comenzó a descender planeando, mientras el piloto maniobraba con las llaves de paso de combustible sin lograr una nueva puesta en marcha. Vio el altímetro y decidió que ya era momento de buscar un buen lugar para un aterrizaje de emergencia, mientras avisaba la novedad a la torre de control de Santiago del Estero. 

Debajo se veía la ruta nacional 9, que en ese tramo tiene dos curvas y podía no ser buen lugar para aterrizar. Para el piloto, es preciso tomar decisiones rápidas mientras el avión va perdiendo altura; vio adelante un campo amplio y fue hacia ahí, pasando sin problemas por sobre una arboleda. El piloto procuró un aterrizaje suave, pero aun así, la rueda delantera se hundió en la tierra del campo sembrado y el avión capotó, quedando apoyado sobre su techo y con las ruedas hacia arriba. 

Con fuertes magullones, alguna fractura menor y un leve sangrado nasal, ambos ocupantes lograron salir de la aeronave. En eso llegó el dueño del campo en una camioneta, para ofrecer su ayuda. Los accidentados le pidieron solamente que los llevase hasta la ruta para esperar el ómnibus de Loreto hacia Santiago, pese a que el hombre ofrecía llevarlos hasta la ciudad.
 
Rato después vino un hijo del empresario para ver qué se podía hacer para resguardar el estado del avión hasta ser inspeccionado. En un par de días se hizo un callejón por dentro del campo sembrado, entre el ir y venir de camionetas con los inspectores de accidentes aéreos, mecánicos y camión grúa para desmontar y llevar el avión. 

No faltó el vecino que dijo al dueño del campo que debía exigir una indemnización a la empresa por la destrucción de una parte de su sembrado, pero Don Julio dijo: “No. Esa pobre gente ha sufrido un accidente y ha perdido un avión que cuesta mucho dinero”.  

Pasaron unos años. Una noche en la ciudad de Santiago, pasada la medianoche, un joven preguntó a un pariente si sabía dónde conseguir un taxi en el cual ir hasta el campo, para avisar que su padre había fallecido hacía unos minutos en un centro médico. Ese pariente le dijo: “Tengo un amigo que tiene auto y es muy solidario. Voy a preguntarle si puede llevarnos”. A los pocos minutos, ya estaban transitando la ruta nueve en un modesto automóvil.  

Durante el viaje, conversaban sobre lo linda que es la vida y sobre cómo la muerte llega a jóvenes y viejos. Cuando el hijo del fallecido indicó que debía salir de la ruta hacia la izquierda por un callejón, el dueño del auto dijo: “Hace unos años, mi padre tuvo un accidente aéreo por esta zona”. El joven respondió: “Sí; ha sido en nuestro campo, y mi papá los ha llevado al ingeniero y al piloto hasta la ruta”. 

El joven se bajó en su casa para dar la mala noticia, agradeció al dueño del auto por su noble acción y ofreció dinero, gallinas, un cabrito, lo que fuera, para retribuir el favor, recibiendo por respuesta que el favor había sido pagado con creces años atrás. El regreso de ambos amigos fue casi en silencio, salvo por algunas frases sueltas, referidas a los hechos impensados con que uno se encuentra en el andar por la vida. 

Don Julio era un hombre de trabajo, de una familia laboriosa, quichuista, casado con una buena señora, con la cual formó una familia con hijos también laboriosos. Así es como tenían casa, su campo y una camioneta que no era nueva, pero andaba muy bien. El sembrado ya estaba alto cuando ocurrió el accidente. Podría haber reclamado una indemnización cuantiosa, pero prefirió ser solidario con los accidentados, sabiendo como buen cristiano que, a la hora de optar por una inversión, lo mejor es invertir en buenas acciones. 

La gente de buen corazón actúa bien por convicción; no lo hace como una inversión a la espera de una recompensa, pero muchas veces la vida nos muestra que tales recompensas llegan en algún momento, a veces como una ayuda para uno mismo y a veces en forma de ayuda a un ser querido que está afligido. 

Quien había presenciado el milagro de la justicia, esa noche durmió tranquilo, soñando con aviones que nunca se accidentan y con señores quichuistas que enriquecen a la Patria con sus buenas acciones y sus palabras.  

 17 de Mayo de 2022.
 

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