Por Crístian Ramón Verduc
08/06/2021
Hubo en el pago un gran jinete.

Gustaba de andar montado o caminando, siempre silbando o canturreando alguna música criolla. No quería el automotor para sí mismo. Reconocía las ventajas de los camiones, los automóviles y las motocicletas, pero evitaba esos vehículos. 

Explicaba que cada vez que alguien usaba un automotor, estaba fomentando la importación de insumos extranjeros, y agregaba que debíamos fomentar la exportación, pues quien vende mucho y compra poco puede prosperar o, en nuestro caso, achicar las deudas.  

Sus interlocutores le respondían que eso era imposible, pues si nos cerramos a las importaciones no podríamos ni siquiera comprar ropa, mucho menos usar teléfonos, o tener electricidad o, peor aún, tener acceso a la medicina moderna. Mientras acariciaba el hocico de uno de sus caballos, el hombre respondía con una pregunta: “¿Vos tienes acceso a esa medicina?” Antes de recibir una respuesta, agregaba: “No he dicho que debemos cerrarnos, sino limitar las compras, manejar nuestras necesidades, y no confundir deseos con necesidades”. 

Lo suyo era el campo, especialmente los caballos, a los que criaba, amansaba y utilizaba con prudencia. Cuando quería hacer una travesía larga, iba con dos o tres caballos, para ir cambiando el montado a cada media jornada. De regreso, ponía a esos caballos en descanso y montaba otro.  

La cría de caballos es una actividad costosa cuando se quiere hacer bien. Una cosa es tenerlos porque se los tiene, soltarlos “a la buena de Dios” en el campo y enlazarlos cuando se los necesita, y otra muy distinta es tenerlos bien. Lo ideal sería que los caballos hicieran su vida por los campos sin que nadie los moleste, sin que por esos campos haya rutas transitadas por peligrosos vehículos, pero la realidad es que el ser humano está ocupando toda la superficie del planeta de un modo u otro. 

Para tener bien una tropilla de caballos es preciso invertir tiempo y dinero. El campo debe estar bien alambrado, especialmente para evitar accidentes en la ruta cercana; también para que los animales no vayan a dañar un sembrado vecino. El alambrado necesita mantenimiento, con eventuales reparaciones, al igual que los establos, comederos, bebederos, etc. Los animales deben estar bien alimentados y deben ser asistidos en caso de enfermedad o cualquier situación especial. Hay que dedicarles tiempo para evitar el sedentarismo, que afecta también a los animales. 

Para poder sostener materialmente a su tropilla, el señor jinete accedió a participar en los espectáculos llamados de doma, aunque sin exponer su tropilla. Él mismo se jugaba en competencias de crina limpia, bastos con encimera y a veces en grupa surera, llamada también “gurupa” surera. Gracias a su destreza, fue ganando dinero y fama.

Generosamente enseñaba a jinetear a los muchachos y también enseñaba el arte de domar mansamente, sin castigar al animal. Decía que ese modo de amansar a los caballos era a la manera de los indios, y no estaba del todo errado. 
Tenía sus frases ingeniosas, como el decir “Herrar es humano” cuando estaban colocando o cambiando herraduras a un caballo. Explicaba sobre todo lo relacionado con los caballos a familiares, vecinos, visitantes lejanos y periodistas: El ciclo de vida de los animales, la cría racional, los pelajes, las razas, los distintos tipos de monturas y la importancia de los caballos en la historia de la humanidad. A la entrada de su campo, un cartel de madera recordaba: “La Patria se hizo a caballo”.  

Enseñó que la matra, uno de los componentes de la montura, era el colchón del gaucho que en sus travesías por las pampas debía dormir a la intemperie. Explicaba que también dormían sobre la matra quienes evitaban el poblado por huir de la justicia, y que por eso la palabra “matrero” se usaba para decir semi salvaje, delincuente o indeseable.  

Por todo este saber y modo de ser, el señor jinete se vio rodeado de un círculo de admiradores que se declaraban sus émulos. Los fines de semana, sus admiradores asistían a sus jineteadas o lo visitaban en su casa, armándose así lindas reuniones con las infaltables guitarreadas. Los visitantes que venían de otras provincias llegaban en automóviles o camionetas; los que venían desde cerca llegaban en motocicleta. Eso sí, todos esos vehículos con motor tenían pintado un caballo en un lugar visible. 

Durante la semana solían llegar otros jinetes o aspirantes a jinete. Ellos venían de a caballo o de a pie y no le expresaban al hombre su admiración con palabras; ellos venían a conversar sobre caballos, a compartir experiencias entre jinetes en largas conversaciones junto a los corrales. Esos amigos eran quienes acompañaban al gran jinete en sus peregrinaciones de a caballo y en sus homenajes a los próceres de la Patria. Unas pocas veces lo acompañó su hijo, que estaba más ocupado en forjarse una carrera universitaria que en lidiar con caballos. 

Después de tanto ver a los caballos nacer, crecer, reproducirse y morir, el hombre presintió cuando “le llegaba la hora” y fue a recibir su infarto fatal dentro de un establo. La casa estuvo rodeada de caballos durante el velorio, pues los jinetes del pago y de pagos vecinos habían venido para acompañar su partida a esta nueva travesía.  

Sus admiradores de tierras lejanas se comunicaron días después para dar el pésame y ponerse a disposición de la familia. Esos mismos admiradores decidieron que en cada aniversario del fallecimiento, harían un gran encuentro de homenaje al Señor Jinete, y así lo hicieron a los doce meses, inundando la casa con discursos y música variada, y llenando el predio con automotores. 

Unos cuantos vecinos llegaron hasta el alambrado de la entrada y allí quedaron sobre sus caballos, para ver y escuchar qué hacían “los émulos” del jinete. Uno de los “émulos” preguntó: “¿Qué hacen ahí esos gauchos matreros?” 
Como si hubiesen escuchado, los gauchos comenzaron a retirarse al paso de sus caballos. En la casa, el hijo del homenajeado le contaba a uno de los invitados que estaba vendiendo los caballos, que había comprado una nueva camioneta y que si conseguía vender el campo, llevaría a su madre a vivir en la ciudad. 

Algunos de los jinetes que se alejaban iban conversando sobre hacer ellos un homenaje auténtico. Uno de los muchachos terció diciendo: “Voy a vender mi caballo, voy a comprar un auto o una motocicleta, y así voy a estar el próximo año en el homenaje que ellos hacen a nuestro amigo, el gran jinete”. 

08 de Junio de 2.021.
 

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