Por Crístian Ramón Verduc
03/12/2019
"Gota a gota ablanda piedras, el agua en sus golpes lentos…"

Así dice Felipe Corpos en la chacarera Coplitas para tu llanto. En cualquier día de lluvia de este final de Primavera, uno puede observar lo que hace un breve goteo en el suelo.

La gota de lluvia que cae en la tierra pelada, al final de su caída desde una nube que está a cientos de metros del suelo, hace el efecto de un leve martillazo, causando un pequeño hundimiento del suelo. Cuando cae mucha lluvia sobre suelo pelado, los múltiples pequeños golpes y el desplazamiento del agua que no ha sido absorbida, excava la tierra formando hendiduras por erosión del suelo. Por el perfil convexo que suelen tener los caminos de tierra o enripiados, esas hendiduras van del centro del camino hacia las cunetas, formando lo que llaman “serrucho” y una vez seco el camino, provocan vibración en los vehículos que pasan. Cuando la erosión por el desplazamiento de agua de lluvia es grande y ha ocurrido varias veces en cualquier suelo pelado, se forman grandes hendiduras a las que se llaman “cárcava”.

Si la lluvia cae sobre suelo con césped o yuyos bajos, es poco probable que se formen rajaduras en la tierra, pues esa vegetación baja recibe el impacto de las gotas y evita la formación de los pequeños cursos de agua que pueden erosionar el suelo. Si por encima de los pastos y yuyos hay arbustos, serán éstos los que reciban el impacto de las gotas, las que luego llegarán a la vegetación baja con la fuerza de caída que pueden tomar desde solamente un par de metros de altura. Si además hay árboles, serán ellos los receptores del impacto fuerte, frenando la caída de las gotas, protegiendo a las plantas más chicas y evitando la erosión del suelo.

En lugares donde se han formado ríos torrentosos, abundantes en caudal para la época de crecientes y con pendiente pronunciada, si el suelo no es lo suficientemente duro, a lo largo de los siglos esa corriente de agua ha erosionado el suelo hasta formar una gran hondonada llamada “cañón”. Un ejemplo en nuestro país es el cañón del río Atuel en Mendoza, mientras que podemos ver importantes erosiones, aunque en menor escala, en algunos tramos del Río Salado de nuestra provincia.

En ríos y arroyos de montaña se puede observar el efecto de las caídas de agua sobre algunas piedras, a las que a lo largo de los años han desgastado con su persistente golpeteo. En cuevas y túneles, naturales o artificiales, el goteo persistente ha provocado agujeros u hondonadas en la superficie que haya sido golpeada por las gotas, incluso en suelos de piedra o de cemento.

Si en un patio el agua gotea libremente desde el borde del techo, se podrá ver cómo después de cada lluvia el suelo queda erosionado por el golpeteo del agua. Cada gota de agua parece tener un tamaño y peso insignificantes, pero un goteo constante puede perforar y partir cualquier piedra. El agua que cae, llena el pequeño pozo hecho por las anteriores gotas y, si lo encuentra lleno, sigue su viaje hacia terrenos más bajos, encontrándose con otras para formar hilos de agua que luego se unirán a otros, resultando de esas uniones los arroyos y ríos.

Cuando una persona persistente tiene el firme propósito de alcanzar cierto objetivo, golpeará cual gota a los obstáculos que encuentre, o los rodeará para seguir adelante. El agua es poco menos que imparable, y así es también el empeño humano cuando se decide firmemente por algo.

En el andar de cada uno de nosotros por la vida, seguramente hemos encontrado numerosos obstáculos que impedían el avance hacia el logro de nuestros sueños, pero cuando hemos obrado en forma decidida los hemos superado, derribándolos si eran de poco porte, contorneándolos si eran demasiado grandes y fuertes, o desgastándolos con nuestra persistencia.

Hay gente que alcanzó objetivos que parecerían imposibles para otros, y ellos mismos los habrán sentido así en algún momento, pero los objetivos fueron alcanzados gracias a la perseverancia. A lo largo de nuestra historia tenemos ejemplos de sobra si nos ponemos a observar: Uno podría ser el General José de San Martín y su gente, en su larga lucha contra un enemigo militar y múltiples adversidades, para avanzar desde Cuyo hacia Chile y luego hacia el Perú, con los logros que conocemos. Otro ejemplo histórico podría ser el General Manuel Belgrano, hombre de letras que fue formándose militar a medida que avanzaba en las distintas campañas que debió encarar.

Salvando distancias y diferencias, podemos considerar algunos ejemplos de lucha por nuestro Alero Quichua, como Julio Ayunta, Felipe Corpos, Vicente Salto, Profesor Domingo Bravo, Don Sixto y Rubén Palavecino, gente que a lo largo de medio siglo de historia del grupo nativista le dedicó sus afanes hasta el final de sus respectivas vidas. Hay más ejemplos de personas que fueron consecuentes con el Alero Quichua Santiagueño en estas cinco décadas; felizmente son tantos que sería injusto nombrar a unos con el riesgo de olvidar a otros. Vaya en las seis personas nombradas un reconocimiento a todos ellos.

Si observamos en nuestra ciudad, en nuestro barrio y en nuestra propia casa, veremos que hay persistentes luchadores por un ideal que para otros puede ser pequeño, y que una vez logrado se puede entender en toda su dimensión. Hay luchas que parecen quijotescas y fuera de todo raciocinio, que por no ser nuestras las consideramos descabelladas, hasta que vemos a la persona luchadora alcanzando su objetivo.

En muchas otras actividades tenemos grandes ejemplos de superación. Personas que no parecían dotadas naturalmente para triunfar en lo que se habían propuesto, pero que lograron lo que buscaban gracias a la persistencia, horadando cada día un poco más la piedra de las adversidades. Si prestamos atención, veremos que estamos rodeados de gente heroica que luchó por llegar a determinado punto culminante en su vida.

Para quienes están en la lucha y para quienes “ya llegaron”, vaya nuestra admiración y reconocimiento.    

03 de Diciembre de 2.019.

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