Por Crístian Ramón Verduc
04/12/2018
"Quisiera ser pensamiento, para estar dentro de tí, para saber lo que piensas cuando te acuerdas de mí"

Dice una estrofa en la chacarera La Santiagueña. Es una estrofa muy simpática, que a uno lo hace pensar. A veces uno puede sentir la tentación de inmiscuirse en el interior de otras personas, ya sea por cuestiones afectivas, por rivalidades, por sospechas, por curiosidad… por lo que fuera, es una tentación que a veces puede aparecer en uno.

La realidad cotidiana es que no se puede saber lo que otra persona piensa. Sí podemos saber lo que hace y lo que dice, si nos dedicamos a ello y logramos sortear ciertos obstáculos que pone la privacidad individual.

Hay quienes no se preocupan por saber qué será lo que el otro piensa y solamente espera ocurrir los acontecimientos, tomando las precauciones necesarias si desconfía de las intenciones de la persona en cuestión. Eso es tomar los hechos como fuente de información y las acciones como reflejo del pensamiento de cada uno.

Si uno pudiese saber cuáles son los pensamientos del prójimo, podría anticiparse a los hechos y evitar malos momentos o malos resultados. Los avatares de la vida nos llevan en ocasiones a momentos que nos resultan desagradables, pero no siempre esos malos momentos se deben a fenómenos naturales, como podrían ser la lluvia, el viento, el frío, el calor, la sequía, etc. Generalmente los malos momentos ocurren por una acción equivocada propia o ajena; por eso, si pudiésemos saber qué va a hacer el prójimo, nos quedaría por evitar los errores propios, que no son pocos.

Es preocupante la cantidad de cosas malas que ocurren en nuestra sociedad. Eso lo sabemos por que vemos televisión, escuchamos radio, leemos noticias, conversamos con gente, y así vamos enterándonos de lo que sucede más allá del pedacito de mundo que transitamos en forma cotidiana. En general esos acontecimientos se dan en lugares lejanos y los sentimos ajenos, aunque ocurran en la misma comunidad en que vivimos, nos preocupa brevemente, hasta que otra noticia impactante nos hace olvidar lo anterior.

Cuando algo malo sucede en nuestro círculo de afectos, que puede ser tan grande como uno lo decida, entonces nos preocupamos más y es muy posible que también nos ocupemos, que nos dediquemos a solucionar lo ocurrido, o a mitigar las secuelas, e incluso puede ser que tomemos los recaudos para evitar que algo que consideramos malo ocurra nuevamente entre “los nuestros” o “lo nuestro”.

En el círculo de afectos pueden estar los familiares cercanos, todos los familiares, algunos amigos, todos los amigos, algunos vecinos, todos los vecinos, compañeros de trabajo, compañeros de estudios, etc. También puede estar en nuestro círculo de afectos, algún objeto de admiración o fanatismo, como podrían ser figuras del espectáculo artístico o deportivo, e incluso grupos o individuos del quehacer político partidario.

El círculo afectivo es como una extensión de uno mismo, por eso suele decirse algo así: "Lo que afecta a mis afectos, me afecta a mí." Con ese modo de pensar, por lo menos ya hemos salido de una actitud egoísta; ya no pensamos solamente en “yo”, sino también en “nosotros” o en “los míos”. Salir del egocentrismo nos permite ir saliendo del egoísmo.

El paso de la preocupación a la ocupación es muy importante, y en los preocupantes problemas que tenemos en las comunidades en que vivimos hay problemas por los cuales debemos preocuparnos y ocuparnos. Por ejemplo: El televisor nos transmite una gran preocupación por la gran cantidad de accidentes de tránsito que ocurren. Podemos pasar de la preocupación a la ocupación si nosotros mismos somos cuidadosos al transitar por la vía pública, de a pie o en cualquier vehículo. Las reglas de tránsito han sido establecidas para contribuir a la seguridad de toda la población, no para ser respetadas solamente por unos pocos. Otro ejemplo: Una forma eficaz para evitar robos es no comprar lo que parece haber sido robado.

Puede asaltarnos el pensamiento de que si nosotros cumplimos con las leyes y las normas morales, habrá otros que las transgredan. Una vez resuelto que nosotros mismos no queremos incurrir en falta, el siguiente paso es el evitar que los demás caigan en la tentación, pero si no nos educamos a nosotros mismos, aún estará faltando comenzar a recorrer todo el largo camino hacia una buena convivencia.

Es necesario ser cuidadosos para que, una vez encaminados por la buena senda, la que permite hacer agradable la vida para uno mismo y para los demás, no nos desviemos de ella empujados por la egolatría o arrastrados por las tentaciones. No nos referimos a la religiosidad, sino a la vida cotidiana (no alentar el robo ni el odio, construir y no destruir, respetar las reglas establecidas y procurar que haya justicia siendo justos). Si conseguimos mantener nuestro rumbo por el camino correcto, es posible que nos encontremos de frente o de costado con otras personas, las que no van por el mismo camino que nosotros. En ese caso es necesario explicar el por qué de nuestro rumbo e invitar a ese prójimo a tomar el mismo, cuidando que la invitación sea para seguir el rumbo, no para seguir al individuo.

Cuando a una persona le hemos indicado cuál es nuestro punto de vista respecto al rumbo que debemos seguir, lo más probable es que esa persona adhiera a la idea, pues ha revisado su “hoja de ruta” y ha visto que estaba mal rumbeada. También puede ocurrir que esa persona no quiera abandonar el rumbo que ha tomado, pues hay fuertes tendencias al rechazo de ideas y propuestas ajenas, ya sea por convicción o por el deseo de ser quien tenía razón. En estos casos, es mejor no insistir en pedir el cambio de rumbo, para evitar colisiones que serán lesivas para ambas parte, pero si el interlocutor se ha convertido en un oponente impetuoso, va a ser necesario empujar y abrirse paso en resguardo de lo que consideramos correcto.

Y así andamos por la vida, transitándola por caminos rectos o sinuosos, cuesta arriba, cuesta abajo, siguiendo la senda del bien o guiados por una brújula deteriorada. Son muy pocas las personas (si es que las hay) que están seguras de estar obrando mal y aún así lo hacen. En general, la gente es bienintencionada, sólo que a veces nos equivocamos en nuestras acciones o no entendemos a quien nos aconseja bien.

“Hay de todo en la viña del Señor”, pero entre ese todo, hay mucha gente capaz de reconciliarnos con la vida cada vez que nos sentimos mal. A esa gente se refiere un poeta bonaerense cuando dice: “Hay gente que con sólo decir una palabra, enciende la ilusión y los rosales”… “Que con sólo empuñar una guitarra, hace una sinfonía de entrecasa”… “hace cantar el vino en las tinajas, y se queda después como si nada”… “Y uno se va de novio con la vida, desterrando una muerte solitaria, pues sabe que a la vuelta de la esquina, hay gente así, tan necesaria”. (fragmentos de Gente necesaria – Hamlet Lima Quintana).

04 de Diciembre de 2.018.

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