Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  13/02/2018
No es fácil vivir en comunidad. Vivir en soledad es muy difícil.

El ser humano es gregario y por lo tanto, necesita convivir con otras personas. Gracias a esa convivencia entre congénes a lo largo de los milenios, es que se han desarrollado las diferentes culturas, cada una con su idioma, sus vestimentas y sus costumbres en general. Un hombre solo va a durar lo que dura una vida, mientras que una comunidad trasciende al ciclo de vida humana y perdura en el tiempo, tanto tiempo como determinadas circunstancias lo permitan.

Un grupo de personas viviendo juntas va a poder afrontar situaciones especiales y progresar en conjunto. Cuando uno forma parte de un grupo está protegido contra adversidades que no podría resolver solo. Claro que el grupo no es sólo para servirse de él sino para que, con el aporte de cada uno, todo el conjunto se fortalezca. Cuando nos referimos a la vida en comunidad, a menudo aparecen los ejemplos habituales, como las abejas o las hormigas, las que parecen no tener individualidad y entregar toda su vida en bien de la comunidad a la que pertenecen. De hecho, los seres humanos somos distintos a los insectos, gracias a Tata Yaya.

Al vivir en comunidad, es necesario que entreguemos una parte de lo nuestro a la misma, como una retribución por lo que recibimos de la comunidad y como una inversión para lo que deba hacerse en el futuro, siempre pensando en el bien común y el progreso de todos los integrantes del grupo humano.

En vez de pensar en un hormiguero humano, para comprender mejor cómo es la vida en comunidad, podemos tomar como ejemplo a una familia, en la que todos y cada uno hace algo que trae un beneficio inmediato para todos o lo traerá en el futuro, por eso es bueno cuando cada uno “hace la tarea” y después se reúne la familia para comentar sobre lo realizado y analizar cómo se puede mejorar en adelante.

Otro ejemplo de comunidad chica es un condominio, ya sea un edificio de departamentos o un barrio privado. De hecho, cada uno vive en su casa o departamento, con su familia o solo, y cuida de todo lo que ocurre “de la puerta para adentro” y pagando los gastos generados por la vivienda (Electricidad, gas, agua). Pero hay espacios y servicios que son comunes y deben ser sostenidos por todos, como lo es la limpieza de pasillos, escaleras, recepción y puerta de entrada; también deberán ocuparse entre todos de la seguridad para el conjunto de viviendas, la iluminación de los espacios comunes, el funcionamiento de ascensores, puertas, ventanas, etc.

En esas pequeñas comunidades, es poco menos que imposible que cada vecino pueda velar por los intereses comunes sin desatender las tareas que son de exclusivo interés de sí mismos y de sus familiares. Aparece entonces la figura del Administrador, el que es elegido en asamblea de vecinos y controlado por una comisión designada por elección mayoritaria de los habitantes del condominio. El administrador deberá dedicar varias horas diarias a su tarea, deberá contratar especialistas (Jardinero, electricista, carpintero, técnico en ascensores, pintores, etc.) y comprar los insumos necesarios para el buen vivir de los habitantes de la comunidad. Los vecinos saben que se debe afrontar esos gastos y el sueldo del Administrador; para ello es que cada mes el administrador hace unas operaciones matemáticas que indican el dinero que debe aportar cada vivienda en concepto de expensas comunes. También, conocedores de cómo debe funcionar un consorcio, ven en el Administrador a un empleado con mando sobre el personal que contrate con la anuencia de los vecinos. Para cada decisión a tomar, el Administrador no va a llamar a una Asamblea, sino que va a consultar con los directivos del consorcio, los que también fueron elegidos por los vecinos.

En esas pequeñas comunidades podemos ver una muestra a escala de cómo debería funcionar una comunidad de mayores dimensiones, como lo son una ciudad, una provincia, o todo un país, con la poco necesaria aclaración de que cuanto mayor sea la dimensión de la comunidad, mayores y más complicados serán los servicios que deberá prestar la administración. Las tasas municipales que se pagan en una ciudad, más los impuestos provinciales y nacionales, serían el equivalente a las expensas comunes que se pagan por el derecho a los beneficios que otorga el hecho de vivir en un condominio.

Normalmente, una persona dedica su tiempo a una actividad productiva, la que va a traer beneficios para sí misma, para su familia y para la comunidad. Si consideramos valores exclusivamente materiales, estamos diciendo que esa persona va a trabajar para ganar dinero, el que servirá para sus gastos personales, para las necesidades de su familia y para aportar al sostenimiento del Estado mediante el pago de impuestos.

En un grupo familiar o en un clan, hay tareas que serán realizadas por los integrantes del mismo que estén aptos, dispensando de las mismas a quienes sufran algún impedimento para ello (Niños, ancianos, enfermos..), como una forma de tributar trabajo extra para el bien común. En una sociedad de mayor envergadura, desde épocas antiguas y en las distintas culturas, cada uno debía trabajar en algo específico con un esfuerzo mayor que si fuese para sí mismo, para sostener a los que hacen otras tareas. Cuentan que en el Tahuantinsuyu, los habitantes dedicados a la agricultura, a la alfarería, a la cría de ganado, al tejido y demás tareas, debían producir para sí mismos y para sostener al Inca, a su familia, a los cortesanos, a los sacerdotes, a las obras de templos y palacios, a la construcción de caminos, a los chasquis (mensajeros), al ejército, a los desvalidos, a los enfermos, a quienes habían sufrido alguna desgracia, etc. No había circulación de dinero, pero se imponía que todos debían tributar con su esfuerzo para el bien común y para el crecimiento del Tahuantinsuyu.

Tributar para el bien común es una buena acción y es muy necesaria para que otros hagan lo que no podemos o no sabemos hacer, también para el bien de todos. Esos tributos, contribuciones o impuestos deben ser distribuidos con inteligencia y equidad, evitando la explotación a los contribuyentes. Cada uno debe cumplir de la mejor manera su tarea, sobre todo quien ocupa un cargo público, para que tal cargo público no se transforme en una carga pública.

La ineficiencia es una pesada carga pública que muchas veces aparece cuando el ciudadano quiere pagar sus tributos. Esa carga pública se manifiesta en la forma de largas esperas, tiempo muerto e improductivo que castiga a toda la sociedad, pues sólo por que unos pocos son ckellas (perezosos) y llullas (mentirosos), mucha gente debe parar su actividad productiva durante largos lapsos, tan sólo para un trámite que debería ser simple y breve, como lo es el pagar el justo tributo.

13 de Febrero de 2.018.

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