Por Crístian Ramón Verduc
Destacado escrito el día:  11/07/2017
“Esto está hecho con madera de antes”

Dijo un amigo al mostrar un mueble que tendría holgadamente más de cien años de existencia, cercano a los ciento cincuenta. En muchas casas particulares y edificios públicos se conservan puertas y muebles centenarios. Si uno los observa bien, va a notar que la longevidad de tales reliquias se debe en gran parte al cuidado que recibieron por parte de sus responsables, pero también se percibe que los carpinteros de esa época hicieron un trabajo que debía durar “toda la vida” y, de ser posible, eternizarse.

Los muebles, puertas y ventanas de cien años o más, tienen como características particulares una serie de detalles en el acabado, con molduras y adornos varios, además de la robustez que le da el espesor de las maderas utilizadas y el sólido ensamble de las partes. Es evidente que los carpinteros de esos tiempos hacían cada trabajo a conciencia y con mucho esmero, como si cada uno de ellos fuese lo único que harían en su vida. Los enmalletados que se pueden observar en esos trabajos nos dan la idea de que se ha trabajado al milímetro, cuidando que las uniones sean sólidas y los trabajos duraderos. En esos trabajos se puede percibir que fueron hechos sin medir tiempos, sin apuro por terminar pronto ni por producir una gran cantidad; la preocupación estuvo centrada en hacer obras de arte duraderas.

Algo similar puede decirse de las construcciones, pues cuanto más antiguas son, más solidez podemos notar en ellas. Yendo a casos extremos, podemos poner por ejemplo a las pirámides mayas y a las construcciones de Machu Picchu o de Tiahuanaco, en las que se puede ver ensambles de rocas trabajados con paciencia, sabiduría y ansias de trascendencia, como si se tardase mucho para construir pero con la intención de hacer algo que perdurase hasta el fin de los tiempos.

Las casas que llamamos antiguas en nuestra ciudad y otras ciudades argentinas, también se mantienen en pie gracias a la solidez con que fueron construidas y al cuidado por parte de sus ocupantes. Cada vez que se demuele una casa antigua, lo primero que impresiona al curioso es el tamaño de los ladrillos. Los ladrillos de antes eran de un tamaño mucho mayor que los actuales, factor que también contribuía en la firmeza de la obra. Esos ladrillos de gran tamaño eran unidos entre sí con barro. Al mejorar el tipo de argamasa, hasta llegar a las mezclas de albañilería que se usan en las últimas décadas, se pudo usar ladrillos pequeños, fáciles de transportar y manipular, y en muchas obras directamente no se utilizan ladrillos, sino placas de hormigón o de otros materiales y otros tipos de “esqueleto” para sostener las estructuras.

Observando y sopesando un ladrillo actual, nos damos con que cada uno de estos elementos es muy liviano y pequeño, sobre todo si tenemos en cuenta que está destinado a una construcción grande, como puede ser una casa, un castillo, un rascacielos o un puente. También la forma en que están colocados los ladrillos pueden dar mayor firmeza a la construcción. Un claro ejemplo es el humilde horno de barro, el que según Juan Carlos Carabajal, bosteza junto al rancho.

El horno de barro está construido únicamente con ladrillos o pedazos de ellos, asentados sobre barro. En la construcción de un buen horno de barro, no entra ningún otro elemento aparte de ladrillos y barro. El secreto está en la forma de construirlo.

El horno de barro tiene forma hemisférica; es decir que semeja la mitad de una esfera. Quien haga el horno, va a ir construyendo una pared circular con una leve inclinación hacia adentro, la que irá sosteniéndose a sí misma por el apoyo de unos ladrillos en otros. Una vez terminado el horno y secado el barro, debe poder soportar el peso de una persona parada sobre la cúspide. La puerta va a ser un arco, lo que también contribuye al autosostenimiento del conjunto.

Una construcción en arco va a ser más sólida que una en líneas rectas. El secreto para la firmeza de las construcciones abovedadas o en arco, está en que los ladrillos se sostienen unos a otros, por eso no necesitan una argamasa fuerte que los una. El barro de los hornos sirve más que nada para dar inclinación al apilado de ladrillos y para evitar la pérdida de calor cuando el horno ya está funcionando. Con el debido mantenimiento, una construcción en forma de horno debería durar muchísimo. Prueba de ello está en la supervivencia prolongada de los nidos de horneros, que una vez abandonados siguen firmes contra vientos y tormentas durante años.

En una buena construcción, ya sea de madera, de ladrillos o de lo que fuere, es fundamental decidir la finalidad que tiene tal construcción. Una vez definido el uso que se le ha de dar a lo que se va a construir, es necesario dejar en claro si se quiere hacer algo efímero o duradero. El siguiente paso consiste en elegir el material adecuado; luego viene la construcción en sí, la que debería hacerse con toda dedicación y esmero, procurando lograr una obra maestra en cada unidad construida.

Del mismo modo, en los emprendimientos culturales, por pequeña que parezca cada unidad involucrada en el proyecto, si es de buena calidad, va a ser de suma utilidad para lograr el cometido. El sinceramiento necesario para no fijarse metas inalcanzables ni prometerse lo que no se va a cumplir es un buen punto de partida. Las ideas, propuestas y acciones, debidamente unidas entre sí del modo adecuado, van a dar una gran solidez a la construcción del proyecto. Una vez puesto en marcha, con la estructura del proyecto bien erguida, será necesario hacer los retoques y mantenimientos necesarios para evitar desvíos en la forma del proyecto construido, y así asegurar la longevidad del emprendimiento.

Nuestro Alero Quichua Santiagueño está próximo a cumplir 48 años de existencia. Es un proyecto cultural nativista que partió de muy buenas bases y con una estructura sólida. Una gran cantidad de “ladrillos” y “maderas” de la construcción han sido reemplazados por causas naturales, pero el Alero ha seguido siendo Quichua y Santiagueño, soportando fuertes ventarrones y tormentas de cambios que podrían haber afectado seriamente a su estructura.

Hoy podemos decir que aquel Alero construido en 1969 ha crecido. Es necesario estar atentos para hacer las tareas de mantenimiento necesarias, a fin de que siga sostenido firmemente.

Los materiales con que el Alero está construido son de buena calidad; debemos mantener la forma de la estructura, para que siempre esté al servicio del Quichua Santiagueño. Los valores que sustentamos son muy buenos; se mantienen actuales, pero son de los buenos: Son “de antes”.

11 de Julio de 2.017.

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