Por Crístian Ramón Verduc
15/05/2012
Juventud, divino tesoro…

“Juventud, divino tesoro…” dice Rubén Darío en su Canción de Otoño en Primavera. Las tres palabras iniciales del poema del inolvidable nicaragüense han quedado grabadas en los sentimientos de mucha gente adulta, como un vocativo obligatorio de la palabra Juventud.

La palabra Juventud viene del latín Iuventus. En nuestra vida civilizada, regida por reglas y cánones, buscamos tener establecida con claridad las edades mínima y máxima correspondientes a la juventud humana. Encontramos que la juventud está comprendida entre la pubertad y el comienzo de la edad adulta. Los años mínimo y máximo de edad para ser considerado joven, varían según las culturas.

En general, se considera a la juventud como la época en que uno ya superó la niñez y está con todo el vigor e ímpetu para encarar emprendimientos varios y superar desafíos. Esa definición es un poco difusa; es así como vemos casos de adultos considerados jóvenes. También, en el afán por agradar y alentar al prójimo, mucha gente dice a algunos adultos o ancianos que están jóvenes.

“¡Ah, mis tiempos, cuando mósoj, cuando soltero carani!...” suele exclamar el paisano en momentos festivos, evocando entre nostalgioso y alegre esos tiempos cuando era joven y soltero, como si ambas condiciones fuesen sinónimo de libertad plena. El asumir la responsabilidad de formar una familia significa dirigir las acciones con una visión distinta a la de cuando uno es soltero; así está entendido. La juventud, con todo su vigor físico y optimismo, es una etapa en la que la sensación de libertad suele ser completa.

Desde que nacemos vamos liberándonos paulatinamente de nuestras dependencias. Primero dependemos totalmente de los adultos, pues el recién nacido no sabe valerse por sí mismo. Con el paso del tiempo, el niño deja de necesitar que lo sostengan, que caminen por él, que le pongan la comida en la boca, que hablen por él, etc.

Con la juventud, debería llegar la independencia económica, lo cual es muy relativo y variable, según los individuos y su entorno. En la adultez hay independencias y autosuficiencias que se afianzan, al tiempo que pueden surgir incomodidades físicas o enfermedades propias del desgaste o de golpes recibidos. Con la ancianidad suele aparecer una regresión a la infancia en ciertos aspectos, con dependencia física para alimentarse, para movilizarse, para recordar hechos, fechas y horarios.

A medida que uno va transitando por la vida, va sumando experiencias, atesorando conocimientos y sentimientos compartidos con un número cada vez mayor de gente. Normalmente, hay una relación directa entre la edad y la experiencia acumulada. Generalmente, los recuerdos que nos acompañan durante la vida se van sumando o, en todo caso, lo que consideramos más importante va sustituyendo a lo que parece menos relevante.

Con la edad y la suma de conocimientos, suele darse una superación de temores, timideces e inseguridades que pueden haber limitado la vida infantil y juvenil. El adulto debe procurar ubicarse en su lugar, evitando mostrarse soberbio e impaciente ante la inexperiencia de los más jóvenes o la falta de vigor de los ancianos. Un adulto debe evitar simular que es joven, so riesgo de caer en actitudes ridículas. No es fácil ubicarse en el lugar que corresponde a cada uno, pero se debe intentar.

En los tiempos modernos, los adultos y ancianos viven mejor que en siglos anteriores, cuando era menester trabajar duro hasta que no se podía más, y no había los adelantos médicos que hoy permiten mejorar la calidad de vida de los afectados por las dolencias de la vejez. La jubilación posibilita descansar después de una existencia de trabajo y esfuerzos.

El adulto suele evocar con nostalgia sus aventuras y sueños juveniles. Por momentos desea volver a esos tiempos, hasta que recuerda errores cometidos por causa de la inexperiencia. Entonces, su deseo es volver a ser joven, pero sin perder el nivel de experiencia que alcanzó con la adultez.

El anhelo de lograr una juventud perenne parece ser parte de la cultura humana. Hay relatos míticos antiguos que cuentan de la existencia de la Fuente de la Juventud, prácticamente en todos los continentes. Se decía que el español Juan Ponce de León habría llegado a la península de La Florida en América del Norte, a comienzos del Siglo XVI, siguiendo relatos caribeños sobre la fuente de la juventud.

Es un sueño comprensible el de querer prolongar una vida vigorosa y saludable, con entendimiento pleno de las cosas y sin las dependencias infantiles o seniles. Pero la realidad es que el ciclo vital de una persona se parece al recorrido del Sol en el firmamento, con el amanecer, el ascenso matinal, el apogeo del mediodía, la declinación vespertina, el ocaso y el inevitable fin.

Pretender detener el ciclo vital, o pretender retroceder en la vida, es como querer negar el recorrido de Inti en el cielo. Puede no gustarnos una parte de la realidad, pero la vida es un ciclo y que debemos asumir disfrutando lo mucho de bueno que tiene en cada uno de sus momentos. Es inevitable que alguna vez llegue el tiempo en que uno tendrá más recuerdos que proyectos. Esos recuerdos y experiencias pueden transmitirse como enseñanza para los jóvenes, los que evaluarán tales enseñanzas para adoptarlas o no.

Una parte importante de la enseñanza puede consistir en advertir sobre las consecuencias de los errores, recordando un axioma que dice: “Dios perdona siempre, la gente a veces, pero la Naturaleza nunca.” Nuestros descendientes pueden creer o no en la existencia de un Dios piadoso; pueden acreditar o no en la bondad de la gente, pero deben saber que los excesos que cometemos hoy contra nuestro organismo, mañana nos serán cobrados por nuestra propia salud.

En todo caso, si hemos cometido excesos dañinos para nuestro ser, debemos obrar como adultos ante las consecuencias y asumirlas, evitando la exageración de lamentos que incomodarán a nuestros cercanos y nos harán sentir infelices.

Desde nuestra condición de adultos o ancianos que ya recorrimos caminos, debemos explicar a los jóvenes que en algunas (o en muchas) cosas hemos fallado, que nuestro excesivo optimismo nos ha cegado parcialmente. Debemos tener cuidado para no inculcarles frialdad, pero sí podemos explicarles cómo podrían evitar el tropezar con las piedras en las que ya alguien ha tropezado, para que así puedan llegar más lejos en la búsqueda del horizonte y no sufrir en vano cuando llegue el ocaso.

La solidaridad y lealtad para con el prójimo durante la juventud y la adultez son inversiones para la ancianidad, que Dios, la gente o la Naturaleza, nos devolverán con creces.

Alguien dijo que la juventud no es solo un momento en la vida, sino un estado del alma. Como quiera que sea, el divino tesoro de los años juveniles vivirá siempre en nuestra memoria, como una caricia para el alma.

15 de Mayo de 2.012.

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